"Estáis muy igualados. Si quieres ganar debes luchar como un animal’’ – Angelo Dundee (Entrenador de boxeo).

El ring no tiene esquinas, los peleadores no se sientan a descansar entre los diferentes asaltos y, de hecho, ninguno de los protagonistas directos elige entrar en el juego. Es extremadamente curioso el mundo que rodea las peleas de gallos.

Las peleas de gallos nacieron hace más de 3000 años a. C., pero no fue hasta la llegada de los españoles, cuando las peleas de gallos pisaron tierras americanas por primera vez. Desde aquella época criminal este acto entre galleros y sus animales ha crecido enormemente, hasta el punto de que el centro del cuadrilátero llegó a ser lugar de reunión para algunos políticos liberales colombianos que querían rascar unos cuantos votos.

Como si de un lugar sacro se tratase, la mentira es castigada. Existe la conocida “palabra de Caballero” o, la personalizada por ellos mismos, “palabra de gallero” a la hora de las apuestas. Nadie firma nada, nadie rellena un boleto, todo el mundo confía en el resto.

Minutos antes del comienzo de lo que ellos ven como un espectáculo, los gritos llenan el espacio con altos envites y los galleros preparan con mimo a sus batalladores.

Los contrincantes llegan con las crestas cortadas para evitar que les moleste en la pelea; son pesados para evitar desequilibrios entre ellos; sus espuelas son transformadas en letales, gracias a unas puntas de metal; las plumas de los cuellos se recortan para que el pincho entre mejor en él y finalmente son guardados en armarios hasta que les llegue la hora de ganar o morir.

Lo único que nos queda por saber es cuál serán los resultados de estos combates, que se sucederán durante nueve largas horas, aderezados entre los olores a granja, fritanga,  cerveza y aguardiente.